Sinceramente, me encanta. El aire cálido corriendo rápidamente para impactar contra mi rostro y enredando terriblemente mi cabello, la obscuridad interrumpida solamente por el brillo de los cuerpos celestes, que se empeñan en hacer pasar haces de luz a través de la espesa vegetación, que a esta velocidad es un constante manchón negro. En su afán de iluminarlo todo, parecen exclamar "¡Estamos en nuestro territorio! ¡Toma eso, iluminación eléctrica! ¡Tomen eso, grandes ciudades!"
Suelto un suspiro de satisfacción. Antes, era más común esta sensación. No importaba a dónde fuéramos, lo único en lo que me concentraba era en bajar la ventanilla, observar los paisajes tan diferentes a los que estaba acostumbrada (pero mucho más interesantes) y llenarme de ese olor selvático, misterioso e indomable pero cálido y reconfortante a la vez.
Días después, frente a la imagen de una incansable e insensible ciudad, con el smog cubriendo los cerritos llenos de dorada diamantina que sé que están allí, con el futuro encima y la incertidumbre más espesa que nunca, me pregunto cuándo volveré a ver la inocente luz de las estrellas.